sábado, 23 de noviembre de 2013

¿Qué es el Amor?

El Amor. Dulce poesía, un impulso amable del corazón. La necesidad interior de poseer. De abstraer el mundo en un conjunto de versos narrados para dos.

La pasión. Música para el corazón. Cosa de dos.

                 El deseo…

                               El olvido,
                                              y el adiós.
Fot.: Miguel Doncel. Puerto de Málaga.
“¿Cómo podré –escribe en su Carta de un poeta joven a su Maestro- acompañarle en sus opiniones y en sus orgías, si pensamos tan diferentemente de las mujeres? Para usted son objeto de placer; para mí, ángeles o demonios, ocupan siempre un lugar superior y sobrehumano. Usted goza con ellas, yo las amo. Usted envuelve a todas, genéricamente, en un deseo sin matices; yo veo en cada una un ser tan singular que no concibo cómo se puede hablar de géneros y especies. Y el placer que me dan, créame, Maestro, se debe a ser quien son, no a que una y otra estén constituidas del mismo modo. Lo que para usted es mera fisiología, es para mí… el Amor, y si usted me pregunta qué cosa es, malamente podré responderle, porque no se parece a nada y a nada puede compararlo. Pero si lee usted mis versos –que no son ficciones, sino expresión de sentimientos reales-, comprenderá que el Amor es el único modo de vida posible entre dos personas que se pertenecen por entero y sin cautelas, robándose el uno al otro lo que por derecho y naturaleza pertenece a Dios”.
‘La Saga/fuga de J.B.’, Gonzalo Torrente Ballester

¿Y qué es el Amor? Una suave expresión, la leve sonrisa que me ruborizó. El cruce de miradas, el secreto. La intromisión que supone clavarme los ojos, obligarme a agachar las pestañas, los parpados; y hasta las retinas se me violentaron. Y a escribir, para disimular. Sorprenderme –valga distraerme – entre la multitud. En medio del discurso. ¡Menudo atrevimiento!

Es la curiosidad, la que se despierta tras ese robo. “¿Quién será? ¿Por qué lo habrá hecho? ¿Qué querrá? Pero si yo tampoco tengo nada que no pueda tener él”.

Es la confusión, lo que termina por inquietar. Lo que te obliga a pensar mas no estar.

“Permítame caballero,/que de su viaje tranquilo le prive. /¿Está este asiento disponible?                                   Lo siento señorita,/ pero creo que es usted una lista./ Y aquí va mi monedero.”

Es tiempo, mucho tiempo el que pasa hasta que descubres cuantas cosas puede haber contenidas en una sola mirada. Cuanto puede pasar en un único segundo. Tantas conversaciones, pensamientos, sentimientos, proyectos y futuro. El futuro… Justamente el tiempo que quedaría por pasar juntos,  antes de que ocurriera aquéllo.

La primera vez que cruzamos una conversación fue por el motivo más apropiado. Casi una cita a ciegas. Fue el destino, supongo, el que obligó a cada uno de nosotros a precipitarnos el uno sobre el otro. Pero desde luego, fue una primera vez acertada.

Fot.: A.N. Libélula en el lago Proserpina (Mérida). 
Su estilizado brazo se tendía sobre el respaldo del sofá y dejaba caer una pierna sobre la otra. Se acercaba a mí. Su cuerpo estaba buscando la complicidad, y quizá no se daba cuenta pero el mío tendía a apoyarse sobre las manos, coger fuerzas, e impulsarse hacía el otro extremo del sofá. Mientras tanto, los ojos –los míos– certeros a contar los minutos que pasaban en el reloj de la pantalla agrietada del móvil, averiguaron el tiempo que había transcurrido: demasiado para ser una entrevista normal. Poco después entró una mujer, de la cual desconocía su título académico o nombre, pero la apatía de sus facciones denotaba que debía tener demasiada arena en los zapatos. Debe ser incomodísimo, a mí me pasó una vez y me tuvo con cara de malestar todo el día.


Como debía de estar siendo una entrevista magnífica, proseguimos, en tanto que hacía rato que había perdido el hilo de la conversación. Empezaba a preocuparme que no llegará a tiempo a casa. Era mi cumpleaños y quería estar en casa. Lo que más me apetecía era estar en casa. Tranquilo. Sin la mayor preocupación que hacer lo que me gusta: escribir (pa’ ver si callo)

Al poco de acabar incluso el entrevistado se encontraba fatigado. Casi descuida el móvil. “¡Ay! ¡Qué cabeza! Casi olvido el móvil. ¿Qué será lo que me tiene tan distraído?”, decía el apuesto donjuanero. Salí pitando de aquel lugar con el móvil –“Dichoso móvil, dichoso LG. Manera de joer' la marrana… ¡Funcionaaa yaaa!” – en las manos asegurando la grabación.

El Amor. Esa sensación de seguridad. De placer. De magnífico altar. De suspiros del alma. A dúo. Somos dos, para siempre tú y yo. No habrá jamás otro tiempo que no sea nuestro. Podrán robarnos otra cosa, pero no ese tiempo. Es el amor por esos días que vivimos lo que me hace sentir el calor aún tan dentro de mí. Recorriéndome, siguiendo la linde que marcaron tus manos.

Fot.: A.N. La Cala del Moral, Málaga.

Un día tras otro, hablando y entregándonos. Cada palabra, y esa forma de decirlo… Esas palabras que tienes sólo para mí. En exclusiva. Eso nadie me lo quitará.

 Es un regalo inesperado, habernos encontrado. Incluso creo que soy yo el que, de pronto, se volvió rico.  Menudo un tesoro... ¿Quién te apreciará más? ¡Quién te dirá lo que vales! ¿Quién te necesitará?

Ni lingotes, ni zafiros, ni rubíes. Anillos o gargantillas. Yo te pongo una corona, y luego un altar: Y que te sientes a mirar cómo te voy queriendo.


“A ver Pacheco, volvemos a grabar desde el principio. Me he vuelto a equivocar. Joder, así no hay quien haga nada. ¡Me confundo todo el rato! Los nervios… ¿Ya? ¿Qué dices? Pero háblame por el altavoz, que no soy intérprete. – Chico, decía que te estés tranquilo, si hasta la hora del informativo hay tiempo…”

-          - ¿Y esto qué es? ¿Para mí? ¿Rosas?
-          - Eso parece.
-         -  ¿En serio? ¿Pero de quién?
-       -    Tú sabrás que has hecho por ahí…
-       -    Las acompaña una tarjeta.
-      -     A ver… “Te quiero”. ¡Uy! …

Cada detalle. Tantos y tantos detalles colmaron de gracia aquel tiempo que pasamos juntos. Cada segundo estaba como planeado por el destino. ¿Y si hubiera sido algo más que una casualidad? ¿Y si alguien, no quisiera pensar Dios, nos hubiera unido casi sin pensarlo? Muchas veces pasa, la persona menos esperada termina por hacer a la pareja más indecisa, de Celestina. De nexo de unión. De razón suficiente como para no dejar de escapar a quien siempre ha considerado su acompañante. “¿Este chaval qué se cree? ¿A dónde va? Que se tenga cuidado, a ver si es tan chulito de hablarte e insinuarse cuando esté yo para verlo”.

El tiempo. El Amor. La pasión. El calor que se siente justo antes de encontrarte con aquel a quien amas. Del que duele desprenderse. El calor que te desata. Aquel por el que dices sí, quiero.

En nada queda.

El tiempo.

La pasión.


 El Amor: La necesidad irrefrenable de estar con …

(Feliz cumpleaños, tesoro)

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