martes, 10 de diciembre de 2013

Santa Eulalia, la Mártir

La festividad por la patrona de Mérida se celebra con una peregrinación de 20 kilometros en la que participan miles de personas.

Era el año 292, cuando nací, sentí que el mundo había elegido un destino para mí. Mi vida en Emérita Augusta había sido tranquila, pero cuando cumplí los doce años todo cambió El emperador Diocleciano prohibió a los cristianos dar culto a Jesucristo, nos obligó a adorar a los ídolos paganos. Sentí un gran disgusto por estas leyes tan injustas y me propuse protestar ante los delegados del gobierno. Aquella fue mi tortura, mi persecución, mi fin. Mi muerte.

Más de 2.000 personas peregrinaron hasta Mérida en honor a la Mártir Santa Eulalia, que celebra su día grande. Una peregrinación a la que han asistido miles de jóvenes bajo un intenso frío. 

Con todo lo necesario para entrar en calor y con calzado cómodo para afrontar la travesía, los peregrinos se turnaban para portar la talla de la patrona mientras coreaban piropos a la imagen. En el camino se realizaron las tradicionales trece paradas con la lectura de los martirios de Santa Eulalia.
LARGA CAMINATA

La comitiva, desde su salida desde Arroyo de San Serván, prosiguió su camino hacia la Concatedral de Santa María. A pesar de que el día de Santa Eulalia se celebra el día 10 de diciembre, los emeritenses disfrutan desde días antes de su patrona: el 9 de diciembre es una de las jornadas más especiales del año con esta peregrinación. La figura de Santa Eulalia es portada por las calles de Mérida con orgullo y alegría.
La jornada tuvo su punto de más especial interés en la Ermita de Perales, en Arroyo de San Serván, que este año llega a su edición número XVII. En la ermita, a unos 20 kilómetros de Mérida, se dieron cita miles de jóvenes que partieron a las 11.00 camino a Mérida. 
A pesar de los kilómetros recorridos en casi ocho horas de peregrinación, muchos de los participantes se sumaron a la procesión. Así, otros puntos importantes de la caminata han sido la Iglesia del Carmen, el Templo de Diana, el Puente Romano sobre el río Guadiana, la Concatedral de Santa María, y la Hornito de Santa Eulalia como final de recorrido.
Hacia las 18.30 llegaron los primeros peregrinos a la Iglesia de Santa Eulalia pero se trataba de pequeños grupos que se habían adelantado a la comitiva principal, que hizo su entrada en el centro de la ciudad pasadas las siete. El paso por el Puente Romano, el recorrido por la calle Santa Eulalia y la entrada en el templo fueron algunos de los lugares más emotivos de su llegada a Mérida.

Antonio Bellido, párroco de la Iglesia Santa Eulalia de Mérida, además de explicar a El Periódico de Extremadura que "Santa Eulalia es santo y seña de esta ciudad", añade: "Ha habido actividades como el encuentro de la juventud de la Diócesis Mérida-Badajoz el pasado sábado. Primero se reunieron aquí en la Basílica como homenaje a Santa Eulalia, que ha sido declarada patrona de la juventud de esta diócesis. Hoy, como todos los años, habrá la gran procesión de aquí a Santa María y mañana, la vuelta aquí a su parroquia, con la tradicional eucaristía concelebrada por todos los curas de Mérida y presidida por el arzobispo, don Santiago García Aracil, que siempre que puede participa, al igual que hacía el anterior, don Antonio Montero". 

SU FESTIVIDAD

Hoy, día 10 de diciembre, la asociación de vecinos Nuestra Señora de la Antigua y la asociación folklórica y cultural Nuestra Señora de la Antigua colaborarán con las personas necesitadas de la ciudad. Lo harán destinando el dinero con el que siempre compraban las flores de la procesión a adquirir alimentos que llevarán a la Cáritas de la parroquia del Perpetuo Socorro. Por ello piden la colaboración de los vecinos en esta causa solidaria.
Con motivo de la celebración del día de la patrona se han citado a las 10.15 ataviados con el traje de extremeño para la ofrenda floral. La salida será desde el centro social de la Antigua. Desde allí parten hasta la Concatedral de Santa María, acompañando en su recorrido a la Mártir hasta su ermita. La ambientación musical corre a cargo de la banda de las Sagradas Escrituras.

HISTORIA
Eulalia nació en Emerita Augusta (Mérida) aproximadamente en el año 292. Algunas fuentes datan su vida vida más tarde, y ponen su martirio en el tiempo del emperador Traiano Decio (249-251). Era hija del senador romano Liberio y tanto ella como toda su familia eran cristianos.

Cuando Eulalia cumplió los doce años apareció el decreto del emperador Diocleciano prohibiendo a los cristianos dar culto a Jesucristo y mandándoles que debían adorar a los ídolos paganos. La niña sintió un gran disgusto por estas leyes tan injustas y se propuso protestar entre los delegados del gobierno.


Viendo su madre y su padre que la joven podía correr algún peligro de muerte si se atrevía a protestar contra la persecución de los gobernantes, se la llevaron a vivir al campo, en una casa situada en las orillas del arroyo Albarregas, pero ella se vino de allá y llegó a la ciudad de Mérida, según la tradición, el 10 de diciembre del año 304, tras una travesía que, según sus biógrafos, estuvo llena de intercesiones milagrosas.
FE REBELDE
Eulalia se presentó ante el gobernador Daciano y le protestó valientemente diciéndole que esas leyes que mandaban adorar ídolos y prohibían a Dios eran totalmente injustas y no podían ser obedecidas por los cristianos.
Daciano intentó al principio ofrecer regalos y hacer promesas de ayudas a la niña para que cambiara de opinión, pero al ver que ella seguía fuertemente convencida de sus ideas cristianas, le mostró todos los instrumentos de tortura con los cuales le podían hacer padecer horriblemente si no obedecía a la ley del emperador que mandaba adorar ídolos y prohibía adorar a Jesucristo. Y le dijo: "De todos estos sufrimientos te vas a librar si le ofreces este pan a los dioses, y les quemas este poquito de incienso en los altares de ellos". La jovencita lanzó lejos el pan, echó por el suelo el incienso y le dijo valientemente: "Al sólo Dios del cielo adoro; a Él únicamente le ofreceré sacrificios y le quemaré incienso. Y a nadie más".
Entonces el juez pagano mandó que la destrozaran golpeándola con varillas de hierro y que sobre sus heridas colocaran antorchas encendidas. La hermosa cabellera de Eulalia se incendió y la jovencita murió quemada y ahogada por el humo.
Dice el poeta Prudencio que al morir la santa, la gente vio una blanquísima paloma que volaba hacia el cielo, y que los verdugos salieron huyendo, llenos de pavor y de remordimiento por haber matado a una criatura inocente. La nieve cubrió el cadáver y el suelo de los alrededores, hasta que varios días después llegaron unos cristianos y le dieron honrosa sepultura al cuerpo de la joven mártir. Allí en el sitio de su sepultura se levantó un templo de honor de Santa Eulalia, y dice el poeta que él mismo vio que a ese templo llegaban muchos peregrinos a orar ante los restos de tan valiente joven y a conseguir por medio de ella muy notables favores de Dios.
SANTA EULALIA DE BARCELONA
El culto de Santa Eulalia se hizo tan popular que san Agustín realizó sermones en honor de esta joven santa. En la antigua lista de mártires de la Iglesia Católica, llamada "Martirologio romano", hay esta frase: "el 10 de diciembre, se conmemora a Santa Eulalia, mártir de España, muerta por proclamar su fe en Jesucristo".
La tradición coincide con la leyenda de Santa Eulalia de Barcelona, que reproduce, además del nombre, múltiples hechos y tormentos de la santa de Mérida, pudiendo tratarse de una duplicación de personalidad hagiográfica. Esta duplicidad fue estudiada por Ángel Fábrega Grau, quien en 1958 publicó 'Santa Eulalia de Barcelona, revisión de un problema histórico', y porbolandistas en su 'Analecta Bollandistae', sin llegar a una resolución concluyente.

Martirios de Eulalia de Mérida: Prudencio, poeta del siglo IV
"De madrugada, antes de la salida del sol, llegó a la ciudad, y, valerosa, se presentó ante el tribunal, en medio de cuyos lectores vociferó a los magistrados: "Decidme, ¿qué furia es esa que os mueve a hacer perder las almas, a adorar a los ídolos y negar al Dios criador de todas las cosas? Si buscáis cristianos, aquí me tenéis a mí: soy enemiga de vuestros dioses y estoy dispuesta a pisotearlos; con la boca y el corazón confieso al Dios verdadero. Isis, Apolo, Venus y aun el mismo Maximiliano son nada: aquéllos porque son obra de la mano de los hombres, éste porque adora a cosas hechas con las manos. No te detengas, pues, sayón; quema, corta, divide estos mis miembros; es cosa fácil romper un vaso frágil, pero mi alma no morirá, por más acerbo que sea el dolor",
Airado sobremanera el pretor al oír tales requerimientos, ordenó furioso: "Lector, apresa esta temeraria y cúbrela de suplicios para que así sepa que hay dioses patrios y que no es cosa baladí la autoridad del que manda", Pero inmediatamente, como volviendo sobre sí, dijo el pretor a Eulalia: "Mas, antes de que mueras, atrevida rapazuela, quiero convencerte de tu locura en lo que me es posible. Mira cuántos goces puedes disfrutar, qué honor puedes recibir de un matrimonio digno. Tu casa, deshecha en lágrimas, te reclama: gimiendo estará la angustiada nobleza de tus padres, puesto que vas a caer, tan tiernecita, en vísperas de esponsales y de bodas. ¿O es que no te importan las pompas doradas de un lecho ni el venerable amor de tus ancianos padres, a quienes con tu obstinada temeridad vas a quitar la vida? Mira, ahí están preparados los instrumentos del suplicio: o te cortarán la cabeza con la espada, o te despedazarán las fieras, o se te echará al fuego, y los tuyos te llorarán con grandes lamentos, mientras tú te revolverás entre tus propias cenizas. ¿Qué te cuesta, di, evitar todo esto? Con que toques tan sólo con la punta de tus dedos un poco de sal y un poquito de incienso, quedarás perdonada".
Pero Eulalia nada respondió, sino que, arrebatada de indignación, escupió al rostro del pretor, arrojó al suelo los ídolos que tenía delante de sí, y de un puntapié echó a rodar la torta sacrifical puesta sobre los incensarios.
Inmediatamente dos verdugos se aprestaron a desgarrar sus tiernos pechos y los garfios abrieron sus virginales costados hasta llegar a los huesos, mientras Eulalia tranquilamente contaba sus heridas.
Al contemplar aquella carnicería, Eulalia decía al Señor sin lágrimas ni sollozos: "He aquí que escriben tu nombre en mi cuerpo. ¡Cuán agradable es leer estas letras, que señalan, oh Cristo, tus victorias! La misma púrpura de mi sangre exprimida habla de tu santo nombre".
Y tan abstraída estaba la mártir en su oración, que el dolor atroz que debían causarle aquellos tormentos pasaba totalmente desapercibido, a pesar de que sus miembros, regados con tierna sangre, bañaban de continuo la piel con nuevos borboteos calientes.
Ante aquella intrepidez, los esbirros se dispusieron a aplicarla el último tormento; mas no se contentaron con propinarla azotes que la desgarraran fieramente la piel, que sería poco, sino que la aplicaron por todas partes, al estómago, a los flancos, hachones encendidos. Pero, así que la perfumada cabellera que se deslizaba ondulante por el cuello y se desparramaba suelta por los hombros para cubrir la pudibunda castidad y la gracia virginal de la mártir tocó el chisporroteo de las teas, la llama crepitante voló sobre su rostro, nutriéndose con la abundante cabellera, y la envolvió por completo. Y la virgen, deseosa de morir, se inclinó hacia la llamarada y la sorbió con su boca,
Y, ¡oh maravilla!, he aquí que de su boca salió, rauda, una paloma más blanca que la nieve, que, hendiendo el espacio, tomó el camino de las estrellas: era el alma de Eulalia, blanca y dulce como la leche, ágil e incontaminada. Así lo vieron estupefactos y dieron de ello testimonio el verdugo y el mismo lictor al huir aterrorizados y arrepentidos. La Virgen torció delicadamente el cuello a la salida del alma; apagóse el fuego de la hoguera, y, por fin. quedaron en paz los restos exánimes de la mártir. Todo esto acaeció un día 10 de diciembre.
El cielo cuidó en seguida de velar por el tierno cuerpo de aquella virgen y rendirle las debidas honras fúnebres, porque al punto cayó una nevada que cubrió el foro, y en él el cuerpecito de Eulalia, que yacía abandonado en la helada intemperie como para protegerlo con una grácil mantilla blanca.
Tal es la primorosa descripción que nos dejó Prudencio del martirio de Eulalia de Mérida, en admirable coincidencia con las actas que sobre estas mismas hazañas escribiera un testimonio ocular. ¡Cuán distinto es el sabor y cuán lejos de la realidad histórica están otras "vidas" de la Santa emeritense!
Sigilosamente se aprestarían los cristianos de Mérida a rescatar las preciosas reliquias de aquella intrépida niña que con su muerte acababa de dar tan espléndido testimonio de la fe. Embalsamarían delicadamente su cuerpo y le darían sepultura precisamente en aquel mismo lugar donde pasada la tremenda borrasca de la persecución, se levantó una espléndida basílica, cuyo mármol bruñido -según testimonio de Prudencio, que la vio- iluminaba con cegadores resplandores sus atrios, donde los resplandecientes techos brillaban, con áureos artesonados y los pavimentos de mármol jaspeados daban al peregrino la sensación de pasear en un prado en que se entremezclaban y combinaban las rosas con las demás flores.

Y con un lirismo exultante termina el poeta su descripción: "Fuera las lágrimas dulzonas y melindrosas... Cortad, vírgenes y donceles, purpúreas amapolas, segad los encendidos azafranes: no carece de ellos el invierno fecundo, pues el aura tépida despierta los campos para llenar de flores los canastillos. Ofreced, ¡oh jóvenes!, estos presentes, que yo, en medio del corro también quiero llevar una corona en estrofas de poesía, vil y ajada, pero alegre y festiva. Así conviene venerar los huesos que yacen bajo el altar; ella mientras tanto, a los pies de Dios, ve todo esto e intercede, benévola, por nosotros"".

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